Hace ya un buen tiempo que me andaban riñendo porque mi móvil emitía unos desagradables ruidos de papeles arrugándose al hablar.
Por fin, hace un par de días, murió.
Desde entonces he visto en qué medida se ven nuestras vidas afectadas por este pequeño y potente aparato, el cual permite estar comunicable a cualquier hora con cualquier persona para decir cualquier cosa, se puede utilizar al mismo tiempo como despertador de cinco alarmas, puede uno acordar significados con una “perdida”, o enviar un mensaje como aviso de retraso a una cita o de buenas noches, tener una agenda de teléfonos, mirar la hora, incluso hay algunos que tienen cámara y radio.
Tras su pérdida me he dado cuenta del grado de dependencia y peso social que se le da a este vil aparato, hasta el punto que de él depende parte de nuestras relaciones y parte de nuestros sentimientos, hasta el punto que no sé si lo quiero recuperar.
Al perderlo echo de menos una vida más humana y menos inmediata, y sin embargo, siento la necesidad de comunicarlo.
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1. El oficio de oír llover (enlace al artículo). Javier Marías.
” Si alguien hace una pausa con un auricular al oído, su interlocutor no tardará dos segundos en regañarlo, ¿Oye, ¿estas ahí? ¿Se ha cortado? ¿Que no me has oído lo que te he dicho? ”
” La progresiva infantilización de nuestra sociedad se ha visto coronada por los teléfonos portátiles, que permiten satisfacer la impaciencia para contarle o preguntarle algo a alguien, o ni siquiera: por sentirse acompañado, a costa de darle a otro la tabarra. “
2. Tarzanes en el bosque de los medios. Toyo Ito.
” Para ellos, en la mayoría de lo casos, hablar con los amigos por el teléfono portátil es igual que mascar chicle: no es su boca sino sus tímpanos los que quieren recibir estímulos. Mediante el acto de escuchar continuamente la voz de sus amigos tratan de huir del aislamiento o de la soledad. Con la misma intensidad con que sus cuerpos necesitan agua o aire, también necesitan el flujo electrónico. “

(Imagen por cortesía de Agustí Belloc.)